Uno de los trabajos más
gratos que he tenido en mi vida fue haber sido maestra en una escuela rural
indígena en la Sierra del Totonacapan. Llegué ahí por una experiencia difícil y
dolorosa: durante algunos años tuve una enfermedad que eventualmente puso mi
vida en peligro, por fortuna, luego de una abundante trasfusión sanguínea y una
cirugía, logré recuperar mi salud. Fue así que mi perspectiva de la vida
cambió. Me sentí muy agradecida por la nueva oportunidad que recibí para seguir
un rato más en este planeta loco. Tuve entonces la necesidad de expresar ese
agradecimiento de algún modo y, dado que yo no soy una persona religiosa, se me
ocurrió que prestar trabajo voluntario por un tiempo era una manera inmejorable
de rendir homenaje a la existencia. Así que me acerqué a una ONG e hice las
gestiones correspondientes. Una noche me subí a un viejo autobús y llegué a la
sierra de madrugada. Me acuerdo que llovía y había niebla. Al lunes siguiente
comencé con mis clases. Era una escuela primaria construida sobre un
promontorio, desde el patio y los salones de clase podía verse el esplendor de
la serranía. Cuando estuve frente a mi grupo por primera vez, me llené de
emoción. Mis alumnos tenían, en promedio, diez años de edad. Tuvimos buena
química desde el minuto uno. Pasamos tardes inolvidables haciendo juegos,
leyendo, resolviendo operaciones matemáticas básicas, armando figuras
geométricas de papel, llenando sudokus y crucigramas. Nunca voy a olvidar todo
el entusiasmo que les despertaban esas actividades. Yo los veía disfrutar y eso
me hacía feliz. A veces me llevaban una pagua de regalo. Ahí les agarré amor a
las paguas, lástima que en Ciudad de México no haya. Al terminar la clase, los
chamacos se formaban frente a mi escritorio para despedirse de mí. Iban pasando
uno por uno y me extendían su manecita tierna, que yo apretaba con mucha
firmeza (cuidando de no dañarlos, claro), eso les causaba tanta gracia, que
volvían a formarse en la fila para despedirse de nuevo, lo hacían hasta cuatro
veces, muertos de la risa. “Paxcatcatsini”, así se dice gracias en totonaco, los chamacos me enseñaron esa palabra y yo la seguí usando mucho tiempo después.
Según yo, viajé a la sierra para dar algo de mí en agradecimiento, y lo cierto es que terminé recibiendo mucho más de lo que llegué a imaginar.
Hace unos tres años, María, una de mis alumnas vino a visitarme. Esa tarde fuimos a Le Pain Quotidien a tomar café con pastel, cada que paso por ahí me acuerdo de ella. A veces me pregunto qué será de mis niños, seguro ya trabajan, seguro ya habrán probado incluso la parte más amarga de la vida. De eso no nos salvamos nadie. Así tiene que ser, supongo yo.
csr
Leí en voz alta frente a mis hijos y me lleno de emoción pensar en algún día estar en tu lugar. Pregunté a mis tres hijos que les agradó de la lectura, Sharon respondió: Que casi lloras mamá, Paulina: Que la maestra volvió a ver a su alumna y Diego: A mi me encantó que se despidieran tantas veces.
ResponderBorrarTe quiero ❤️
Te admiro ❤️
Qué divinura!!! Te dejo un cacho de mi corazón!!!
Borrar¡Qué emotiva la experiencia! Esas son las cosas que nos enriquecen, que siguen haciéndonos crecer, que nos convierten en personas comprometidas. Hiciste un gran regalo a esos niños, pero seguramente ellos te lo hicieron aún mayor. Gracias por compartir tu bella experiencia, Claudia.
ResponderBorrarEn efecto, ellos me hicieron un regalo más grande, y lo mejor es que siempre lo voy a llevar en mi memoria. Un abrazo grande, querido Albert.
BorrarComo habia dicho Louis Aragon, la educacion tiene papel de otorgar la esperanza. Sin embargo, en la actualidad, la educacion se vuelve represiva desafortunadamente. A tu vez, andabas para ofrecer la luz, dehecho, fuiste como una misionera del alma. Felicidades, Claudia!
ResponderBorrarQué hermosa frase, "la educación tiene el papel de otorgar la esperanza", la voy a guardar. Y quiero pensar que a todos nos toca ser misioneros del alma alguna vez. ¡Un abrazo fuerte!
BorrarHasta ahora me vengo a enterar de la historia detrás de tu experiencia como maestra rural, y qué padre la cuentas. ¡Felicidades!
ResponderBorrarMuchas gracias por la lectura, abrazo :)
BorrarQue experiencia tan bonita y tan gratificante Claudia, gracias por compartirla
ResponderBorrarGracias a ti por tu lectura, querido amigo!!
BorrarOpino que tus alumnxs hemos sido muy afortunadxs de tenerte como maestra. Paxcatcatsini, por ser y por compartir. Abrazos !
ResponderBorrarQué lástima que no sepa quién eres, pero que privilegio leer tus palabras. Abrazos para ti también!!
BorrarEste es un relato que de pronto sabes que está saliendo de un corazón para estar en otro. Belleza de historia!
ResponderBorrarQué idea tan bonita. Mil gracias por pasar por aquí!
BorrarDe la emoción de tu relato, hoy sentí lo que en tagalo se le conoce como el "Kilig" o "las sensación de sentir mariposas revoloteando en tu estómago". La experiencia, enuncia, forma, da vida. Paxcatcatsini va más allá del significado, trasciende la grafía y "gracias" se vuelve imagen, la semiótica imborrable de vivir y recibir los frutos de cada segundo. Somos afortunados.
ResponderBorrarOh, sí, somos muy afortunados. "Kilig" qué bonita palabra y qué necesaria. Un abrazo, querido Gil!
BorrarEl domingo escuché tu lectura y me conmovió mucho, ahora siento lo mismo con el texto, más con lo que ha provocado en tus lectores. Creo que de eso se trata la literatura, de ocasionar algo, de moverte de sitio, de compartir historias, y ésta es llegadora llegadora: ¡Paxcatcatsini!
ResponderBorrarMuchas gracias por estar, mijito, eres un sol!!!
BorrarHola Claudia recibe un cordial del profesor Jorge tu admirable amigo ,dejo grandes recuerdos en el totonacapan los alumnos estaban encantados con labor de ustedes, en lo particular mil gracias por ese gran apoyo que brindaron la escuela de crucero, paxkgakgatsini
ResponderBorrarMuchas gracias, profesor. Un saludo!!!
BorrarEl servicio comunitario nos revela una felicidad auténtica, quien no ha experimentado se está perdiendo de mucho.
ResponderBorrarAl dar, recibimos.
Absolutamente cierto. Al dar recibimos, casi diría que no hay otra manera de recibir.
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