Dime con quién andas
Dime con quién andas
Luis tenía la costumbre de
llegar tarde a todos lados. Había causas de sobra: la lluvia en el periférico,
las manifestaciones, el pesero descompuesto, las llaves perdidas. Leonor, su
novia, ya se había resignado a ese rasgo infeliz. Cuando Luis le habló, con el
mismo tono de sorpresa e incredulidad que usaba siempre que se le hacía tarde,
así, pasivamente, y le dijo que llegaría al cine unos minutos después de lo
calculado, Leonor prescindió de cualquier signo de enojo.
—Está bien —dijo—, te espero
adentro.
Los minutos tarde, como
suelen hacerlo, se convirtieron en media hora y cuando Luis entró a la sala ya
estaban apagadas las luces. Una experiencia cercana a la ceguera lo invadió.
Sus ojos, acostumbrados a la resolana de la tarde, parecían haberse echado a
perder en la rotunda oscuridad. Intentó guiarse por la luz de su celular, pero
descubrió que se le había acabado la pila. No hay peor ciego, dicen, que el que
no quiere ver, pero lo opuesto también es cierto: no hay peor ciego que el que
quiere ver, como Luis, con prisa, en un lugar tan sin luz. Se le hacía patente
su ceguera, lastimosa, acentuada y hasta entrecerraba los ojos, como si la
penumbra fuera cuestión de enfocar bien o mal. Su cuerpo se le adelantó al
pensamiento y Luis extendió los brazos sonámbulos hasta afianzarse a un
barandal. Intentó dar dos pasos pero sus piernas se habían vuelto renuentes,
casi paralíticas, como si lo que le sucede a un sentido se reflejara en el
resto.
Sus ojos tardaron alrededor
de un minuto en acoplarse a la penumbra y distinguió por fin las cabezas de los
espectadores encendidas por la luz fría y verdosa de la pantalla. Desubicado,
miraba a un lado y al otro y, si bien no lograba distinguir nada y casi nada,
pronto columbró un movimiento, un brazo, sí, una mano de sombra extendida,
cinco dedos recortados por la luz. Se acercó, recargándose sobre el barandal
como un tullido, tropezando con un par de escalones de un tamaño
insignificante, y llegó al fin a la fila desde cuyo fondo, arremetida, se
levantaba la mano como una bandera de paz. Quitado, como dicen, de la pena, sin
señal alguna de decoro, perdido éste por el vértigo de la ceguera o bien porque
en la oscuridad somos un poco más quienes somos, al fin que nadie nos ve, ni
siquiera nosotros mismos, Luis comenzó a luchar contra el ejército de piernas
que se interponían entre él y la mano. Escuchó con desapego las quejas y
reclamos, los suspiros fastidiados de sus compañeros de fila, pero no flaqueó
en su propósito. Después de franquear una cantidad absurda de piernas,
inexplicable incluso si se toma en cuenta que cada persona tiene dos, tras
haber pisado zapatillas y botas y caído en el regazo de una anciana que sosegó
un gritito pero que casi debería, o eso pensó Luis, habérselo agradecido, llegó
hasta el espacio vacío y dejó caer su cuerpo con alivio. El rostro de Leonor,
oculto en la sombra, lo miraba con una emoción que él sólo podía imaginar:
enojo, amor, alegría, burla, daba lo mismo. Él le ofreció una sonrisa de labios
apretados, probablemente invisible, y volteó a ver la pantalla.
No tardó mucho tiempo en
notar el olor. Era innegable. Un olor a cigarro, de esos que guardan en su ropa
y en su cuerpo, que exudan, los fumadores devotos. Todo parecía indicar que
provenía del cuerpo inerte a su derecha, de Leonor. Con disimulo, como quien
necesita un movimiento sutil, de pocos ángulos, para encontrar la comodidad
absoluta, Luis se reclinó hacia su novia. Era innegable, un olor a tabaco
añejo, procesado por el cuerpo, anidando en los pliegues de la ropa, emergía de
su novia, su novia, sí, la misma que le había contado, en uno de esos momentos
de conmovedora y alarmante intimidad que caracterizan a las primeras citas y
luego desaparecen para siempre, que ella nunca había probado el tabaco porque
su tía Leti, su segunda madre, había muerto de cáncer a los 42. Luis incluso se
acordaba de la edad y estaba seguro, sí, a los 42 años había muerto la tía Leti
carcomida por un cáncer de cuerdas vocales, por el humo del cigarro, a los 42
justa y exactamente y él, por solidaridad, quizá, pero también porque siempre
había pertenecido a esa calaña pusilánime que se autodenomina “fumador social”,
de esos que sólo después de una o dos cervezas aventuran un «Me das una fumada»
o «No me regalas un cigarro», y nunca, nunca, compran la cajetilla, a él se le
había hecho fácil dejar de fumar. Pero no sólo era el olor a cigarro: abajo,
tenue pero tenaz, distinguió un aroma ajeno, como a guayabas maduras, un poco
pasadas, de esas que se olvidan al fondo de un frutero durante el fin de
semana. El olor de la fruta, combinado con el cigarro, le ocasionó una
repugnancia dócil y dudó, por primera vez, que el cuerpo a su derecha fuera el
de Leonor.
La duda se volvía cada vez
más acuciante, pero le era imposible moverse, cometer el simple acto de voltear
a verla para confirmar que sí se trataba de Leonor, como si ella pudiera
percibir su duda, como si la duda misma de que el cuerpo a su derecha fuera el
de su novia supusiera una traición absoluta, imperdonable. De pronto, a la
mitad de estas tribulaciones, Luis sintió que algo frío y húmedo apresaba su
mano, hasta entonces afianzada con fuerza al reposabrazos. Era la mano de ella,
inquieta como un molusco recién pescado y, le parecía ahora a Luis, demasiado
grande. Leonor tenía unas manos diminutas de dedos pequeños y regordetes como
los de una niña. En parte para confirmar táctilmente sus peores sospechas y en
parte por la costumbre que es siempre soberana, su mano se puso boca arriba y
se entrelazó a la de ella. Horrorizado, se sostuvo de esa masa que le parecía
ahora por completo desconocida. Después de soportar una incertidumbre peor que
la ceguera, Luis volteó con torpeza hacia Leonor, miró la figura hierática con
insistencia pero, impedido por la poca luz que provenía de la pantalla, sólo
veía el contorno de su cara como una cueva. Ella permaneció absorta en la
trama, la mirada de Luis no parecía inquietarla ni ocasionar respuesta alguna
en su figura. De a poco, los ojos de Luis distinguieron facciones separadas que
no parecían pertenecer a una cara ni darle unidad a su semblante, sino que
flotaban en la oscuridad líquida de ese rostro: una nariz recta, unos lentes,
unos ojos, unos labios delgados. La mujer sentada a su lado no era Leonor. Y,
de hecho, lo estaba volteando a ver ahora mismo y a Luis le dio una vergüenza
enorme imaginar el susto que ella se iba a llevar cuando se diera cuenta de que
él no era su novio, para nada, ni de lejos. Luis deslizó su mano fuera de la de
ella, pero ésta se sostuvo a su antebrazo. La cara de No-Leonor se deformó en
una mueca que Luis tardó un buen rato en interpretar: era una sonrisa.
No-Leonor se inclinó hacia él y le preguntó:
—¿Qué te pasa? —le
preguntó—, ¿estás nervioso?
Él no supo qué decir, qué
hacer, la reacción más evidente, la única esperada era la de sorpresa, rechazo,
jamás esperó esta otra posibilidad. Paralizado, sintió la mano de ella
rebuscando la suya y acariciándola y su boca carnosa diciéndole al oído:
—Qué bueno que ya llegaste,
se está poniendo buena, ¿verdad?
Luis podía escuchar la
lengua moviéndose dentro de la boca de No-Leonor. El olor a cigarro y a
guayabas lo sofocaba y, desesperado, comenzó a buscar a Leonor, la verdadera.
No reconocía a nadie y notó con inquietud que no había ningún lugar vacío en la
sala. No-Leonor restregó su mejilla contra el hombro de Luis y se quedó
recargada. Éste miró hacia la pantalla desencajado, incapaz incluso de
interpretar las imágenes que se movían en ella. Aunque el peso de esa cabeza le
parecía insostenible, sintió que estaría mal quitársela de encima y, además,
ese olor a guayaba de pronto le parecía íntimo y reconfortante, como si fuera
un recuerdo de infancia, como si de muy niño hubiera ido con frecuencia a una
finca, la de un tío, donde se cultivaba sólo la guayaba y ésta fuera, de pronto
y sin remedio, su fruta favorita.
A media película, No-Leonor
comenzó a removerse inquieta en su asiento.
—Estoy harta —dijo, en un
susurro fingido—. Necesito un cigarro.
—Yo también —contestó éste.
Y era cierto, imaginó el
leve calor encendido entre sus dedos, el sabor entrando por su garganta. Cuando
se levantaron, Luis oteó por última vez la sala de cine y le pareció distinguir
una mujer muy parecida a Leonor. Pero se le antojaba demasiado fumar y las
facciones de Leonor le resultaban ahora confusas, borrosas, oscurecidas.
Aparte, No-Leonor ya se encaminaba hacia el pasillo, cajetilla en mano, dándole
leves golpecitos contra la izquierda.
—¿Y tú tía Leti? —le
preguntó Luis, arrepintiéndose de inmediato.
—Era una perra —contestó
No-Leonor.
La palabra encendió sus
labios gruesos como si acabara de calar un cigarro.
Elisa
Díaz Castelo, de El libro de las costumbres rojas

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