Peces de una pecera rota
Durante un breve periodo de mi vida viví en la ya mítica ciudad de Londres, ni siquiera entiendo por qué, nunca me lo propuse, el destino simplemente me llevó ahí. De esa temporada sólo conservo un puñado de recuerdos, no sé, por ejemplo, caminar por Picadilly Circus en horas pico, mirando a la gente volver a casa después de la jornada laboral, bajo los cielos grises de la ciudad y contra el viento helado de las bocacalles. Recuerdo también los pubs abarrotados de parroquianos que bebían enormes vasos de cerveza Calsberg, los puentes del Támesis, la fachada del British Museum, las compras de la despensa en Asda, las campanadas del Big Ben y los autobuses de dos pisos (cómo me gustaba viajar en la parte delantera del segundo piso). Sin embargo, tengo un recuerdo particularmente especial para mí: tan pronto llegué a Londres conseguí un trabajo de mesera en un restaurante de comida hindú. Era un lugar formal y de cierta categoría, la mayoría del personal provenía de la India, excepto las meseras. Había cinco meseras en total, tres de Polonia, una de Rusia (las cuatro poseían una belleza física notable) y yo, de México. Ahí aprendí a ser “lo otro, lo raro, lo exótico”. Me gustaba el trabajo, era desafiante y divertido, ganaba buenas libras y, además, al final de la jornada nos daban de cenar comida hindú, hecha con ingredientes traídos directamente de la India y por gente nacida en ese misteriosísimo país: que si palak paneer, que si tandoori chicken, que si samosas. En el restaurante había un salón privado en el que sólo cabían unas cuatro mesas. Estaba alfombrado y tenía tres paredes primorosamente empapeladas; la cuarta pared era una enorme pecera que casi llegaba al techo, estaba repleta de pececitos rojos y plateados que nadaban de arriba a abajo sin tener conciencia del fascinante espectáculo que ofrecían. Cierta noche sucedió que dos comensales empezaron a discutir, en cuestión de minutos subieron la voz hasta llegar a los gritos y después, sin que nadie comprendiera por qué, se liaron a golpes. La gente comenzó a gritar, no sé si en punjabi, en bengalí o en hindi, lo que recuerdo es no haber entendido ni una sílaba. Los comensales se golpeaban el uno al otro llenos de rabia y, de pronto, uno de ellos se estrelló contra la pecera después de un furioso puñetazo. Y claro, la pecera se llenó lentamente de grietas que supuraban agua en pequeñas gotas. Yo, amigos, me llené de miedo, pero fue un miedo de dos punzones; el primer punzón (y el más doloroso) me lo clavó la angustia de imaginar la pecera colapsando, y los peces rodando por la alfombra roja del saloncito privado, chocando contra los altísimos tacones de las bellas hindús sentadas en las mesas. El segundo punzón fue el temor de que aquel desastre creciera a un grado tal que fuera necesaria la presencia de la policía. Yo estaba trabajando ahí de manera ilegal, lo habrán imaginado. Así que fui de inmediato a los vestidores, me quité el uniforme de trabajo y abandoné el lugar a toda prisa. Entenderán que preferí ahorrarme cualquier trámite que me acusara de clandestina.
Todo el camino a casa fui pensando en el destino de los peces. Cuando pasé por el estadio de Wembley (vivía cerca de ahí), pensé en que la vida no era más que un “match point”, o bien, una pecera rota por un pleito cuyo origen nadie había comprendido bien a bien.



wow que maravilla leerte, sin duda esa experiencia te marcó, porque la recuerdas con todo detalle
ResponderBorrarSí, es mi recuerdo más vívido de Londres, jajaja :)
BorrarA mí también me ha encantado tu texto... la vida no era más que un “match point” wow
ResponderBorrarMuchas gracias por tu lectura! :)
BorrarQué belleza!
ResponderBorrarQué bueno que te gustó :)
BorrarQué rico texto, cerca del estadio de Wembley, por eso no sé si la vida sería como un match point, o un penaltie injustamente marcado, confusión semántica de los deportes.
ResponderBorrarMira, es cierto, se parece más a un penalti injusto y cachirul, tienes razón :)
BorrarY en estos tiempos... ¡Vaya que sí! Nos hemos sentido viviendo dentro de esa frágil pecera.
ResponderBorrarOh sí. Somos esos peces en un mundo roto, snif.
Borrar