Llamas que no se apagan
Pensar en el incendio de la
Biblioteca de Alejandría siempre hace daño, uno crece con la oscura fantasía de
los mil universos calcinados en esas viejas llamas (que encima siguen ardiendo
en el recuerdo de la historia) y no le queda más que añorar la lluvia. La
combinación llama-libro da aprensión, no hay vuelta de hoja. Sabemos, sin
embargo, que hay miles de libros francamente prescindibles, ya sea por malos o por
mediocres, e incluso así, los rescataríamos de la hoguera; yo lo atribuyo al
apego emocional que sentimos por el libro como artefacto y que nos viene de
siglos atrás. Todos amamos a los libros, no importa si los leemos o no, pero
ahora no quiero hablar de eso, quiero más bien hablar de los libros que nos
hacen mal. Porque los hay, y no son pocos. Son aquéllos que te cuentan
historias que derruyen algo dentro de ti que tú creías muy a salvo; aquéllos
que te violentan inadvertidamente cuando estás esperando el metro, o soplándole
a tu té, o explicándole a la señorita del banco que ese cargo en tu tarjeta de
crédito es un error; aquéllos que de pronto preferirías no haber leído. A mí me
pasó con Roberto Bolaño. Alguien me regaló su libro de cuentos «Putas
asesinas»; justo entonces, yo tenía un viaje en puerta y me pareció buena idea
leerlo en el autobús. La cosa es que llegué a mi destino sintiéndome
indispuesta, llena de bacterias hindús, de náuseas, inapetente, fuera de lugar,
invisible, plañidera, desordenada. ¿La causa?: El Ojo Silva, uno de los cuentos
incluidos en ese artefacto infausto. Qué ganas de hablar con Bolaño y
explicarle que esas cosas no se hacen. El Ojo Silva es un cuento violento, pero
su violencia no tiene que ver con gritos, ni con golpes, ni con balazos, se
parece más a un café con leche endulzado con dos gotitas de cianuro, servido en
un vaso de cristal, una mañana luminosa en el café La Habana de aquel D.F. de
los años 70. Y lo peor de todo es que no te mata, solo te hace un pequeño
agujero en alguno de tus órganos vitales. Fue Mauricio Silva, a quien le llaman
el Ojo Silva por ser fotógrafo de profesión, el personaje que me sirvió ese
café emponzoñado, que yo tomé con lentitud y estúpida inocencia. Gracias a Mauricio Silva, mi viaje se
volvió lóbrego. Hay llamas que no se apagan sólo porque sí.
Recuerdo que de pronto pensaba en
telefonear a mis amigos más queridos y pedirles que por favor no fueran a leer El
Ojo Silva bajo ningún concepto.
Con esa lectura descubrí que hay libros que hacen daño. Y es curioso porque, de todos modos, sé que siempre terminaría rescatándolos de la hoguera.
csr

Yo no he leído ese cuento, pero creo que voy a ir corriendo a conseguir el libro ��
ResponderBorrarSe vale, por supuesto que sí ;)
BorrarPor una parte hay gente que casi no lee nada y no se siente nada por vacio. Por otra parte, hay gente que lee uno tras otro, incluso sin pensar por orden. Este tipo del estado puede ser algo caotico. A menudo dicen que en la biblioteca abarca un universo. Asi mismo puede ser que dentro del libro tal vez haya un universo tambien. Seria una metafora nada mas? Dentro de la mente hay un universo, en el Universo hay propia vida, bla,bla,bla. ( Asi anotaba anoche al azar, pero no se pudo subir...se borro, a ver, sigo un principiante de la red(lagriasm)) Perdon por la ausencia del genio!
ResponderBorrarQué alegría leer tus comentarios, querido Akitoshi. Muchas gracias por tu lectura. No veo la ausencia de genio por ningún lado, al contrario. Lo de la metáfora de un universo dentro de un libro, pues sí, no es más que una metáfora, pero es muy potente, eso sí. ¡Un abrazo!
BorrarAhora ya me dieron ganas de buscar ese libro y leerlo todo.
ResponderBorrarjajjaja, vas, mi Tani <3
BorrarNo se si la escritura este catalogada como un arte.......... Pero leerte lo es, no dejes de escribir, podré no leerte pero tu arte llegará otras personas
ResponderBorrarPedro Richardson Rodríguez
Gracias por tus comentarios, Pete. Saludos!
BorrarNo sé si sea por masoquismo, pero se me antojó leer el cuento Claus. Me hiciste recordar una escena muy loca, una amiga quemando libros en un jardín, que porque su psicóloga se lo había pedido, tal cual rito llamífero para sanar. No me quedó claro si alguna fracción del acto tenía que ver conmigo, o qué fracción. La onda es que al final me pidió ayudarle a levantar las cenizas, y yo le contesté: "tú lo quemaste, tu las recoges", lo que probablemente no completó el ritual. Sería cosa de preguntarle, tal vez me la encuentre en los sueños.
ResponderBorrarQué historia! Creo que yo no me atrevería a quemar ni siquiera un libro malo. Yo tampoco habría ayudado a levantar las cenizas. La imagen de una mujer quemando libros en un jardín da para escribir algo.
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