Un mundo sin gaviotas
Yo llevo ya muchos años trabajando frente a una computadora, traduciendo largos y complejos documentos, redactando y corrigiendo textos y leyendo información de todo tipo. Esa es mi manera de ganarme la vida. Claro, ganarse así la vida tiene un costo; a mí, por ejemplo, me ha costado la capacidad de socializar, de vestirme a la moda y de leer en papel. Vamos a ver, yo amo leer en papel, lo hago a diario, pero mis ojos están cada vez más cansados. Supongo que es lo normal. La ceguera es como un perro sin dueño al que hemos de dejar un tazón de agua sobre el escalón de la puerta, y es importante no olvidarlo, de lo contrario, su lamento nos impedirá conciliar el sueño. No todo está perdido, sin embargo. Lo digo porque hace un par de noches descubrí la magia de los audiolibros (hay quienes les llaman libros sonoros, suena más poético, a qué negarlo), la cosa es que, como había tenido yo un día cargado de noticias desagradables, me puse a dar vueltas al lado de mi cama, celular en mano, pensando en cómo escapar del insomnio; así fue que di con “Relato de un náufrago”, un reportaje novelado que García Márquez publicó el año de 1970. Dejé correr la narración y me metí a la cama, esperando quedarme dormida con la historia. Serían las once y media de la noche o algo así. Nada más que, en lugar de entregarme al sueño, me fui enredando en esa telaraña de palabras y, cuando vine a ver, estaba yo justo al lado del náufrago, parada en la orilla de la balsa, mirando cómo le retorcía el cuello a una gaviota de ojos atónitos. El náufrago hundió sus dedos enrojecidos de tanto sol en el pecho del pájaro y lo abrió en canal. El corazón no había dejado de latir aún. Dos gotas de sangre cayeron al mar y se perdieron en el olor salado. El náufrago se acercó las entrañas crudas a la boca y una arcada de asco lo obligó a doblarse con violencia, entonces se echó a llorar lleno de desesperanza y dejó caer el cuerpecillo. Los tiburones rodearon la balsa, alertados no sé si por la carne fresca o por los últimos latidos de aquel pequeño corazón de ave marina. Tanto me enfurecí contra el náufrago por haber matado a la gaviota en vano, que incluso pensé en empujarlo para que se perdiera en el fondo del océano. Jamás nadie debería matar gaviotas. Para cuando el náufrago logró alcanzar la costa, ya habían dado las dos de la mañana y yo estaba debajo de las sábanas con el cuello tenso y los ojos apretados, pensando en cuánto le arderían las quemaduras de todos esos días que pasó bajo el sol. Es cierto que el relato no me sirvió para alejar el insomnio, pero sí para entender que un mundo sin gaviotas sería menos luminoso.
csr


Querida Claudia,
ResponderBorrarQué maravillosa entrada. He de confesar que envidio tu experiencia; hace poco me propuse escuchar La Iliada, y como te imaginarás, nunca me enteré si Aquiles recuperó a Briseida. Probaré inducirme un insomnio a lo Gracía Marquez, tal vez así alcance a llegar despierta al desenlace de la guerra.
Si llegas despierta al desenlace de la guerra, asegúrate de llevar un celular con suficiente batería y graba todo. Nos haría bien conocer todos esos detalles que se perdieron en el tiempo :)
BorrarComo siempre, es un placer leerte Claus: tus cuentos, novela, poesía, reseñas y lo que dices, un nuevo proyecto sin terminar. Me imagino que el arte de escribir se parece al oficio del relojero o de otro que tenga que ver con el armado de algo. Empiezas construyendo piezas que no sabes bien a bien si te van a servir, y las dejas aquí y allá, hasta que el tiempo te las recuerda. Pero para que el tiempo te las recuerde, necesitas estar ahí, y para eso se requiere constancia, disciplina y mucha terquedad, porque pese a lo aterrador de la inmensidad del mar salado, habrá que construir una balsa, un náufrago y una gaviota. Habrá que permanecer en el mar durante más de 10 días hasta llegar a la orilla, esperando que pasen más gaviotas, más océanos y más personajes como Luis Alejandro Velasco, o porqué no... una marta negra.
ResponderBorrarGracias por tu lectura y por tus palabras. Sólo agregaría que todos hemos sido, por lo menos una vez en la vida, un Luis Alejandro, un abrazo muy fuerte :)
Borrarmaravilloso Claudia
ResponderBorrarQué alegría que te haya gustado, un abrazo, querido Josep!
BorrarLeerte desata los nudos. Termino un texto y ya quiero el siguiente.
ResponderBorrarQué emoción, mil gracias :)
BorrarHace poco, le platicaba a un amigo que ya batallaba para leer en papel después de un rato... no dijo nada. A los pocos días me regaló una muy práctica lampara en la que montas el libro y vaya que ayuda a hacer la lectura menos pesada. Como bien dices, los años cobran factura en la vista. No he intentado aún escuchar un "libro sonoro" pero puedo imaginar perfectamente la angustia que sentiste por el náufrago y la gaviota... que duro pasar un insomnio así, con esa historia taladrando tus pensamientos.
ResponderBorrarAl terminar de leer tu historia, me quedé pensando ¿y soñaría con la gaviota?, ¿con el náufrago?, ¿Con el mar? Y ahora estoy buscando "El relato de un náufrago" tengo la duda de saber como termina. Quizá un mundo sin náufragos si sería más luminoso. Sin gaviotas y sin gatos nunca. Miau.
"El relato de un náufrago" es la gran cosa, no dejes de leerlo. Y un mundo sin gatos no, por favor, eso no :)
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