De artefactos extraños y maravillosos
Hace unos años, me fui a vivir por un tiempo a la ciudad de Toronto, en Canadá. Ahí conocí a Suzan, una chica refugiada de nacionalidad turca. Suzan y yo nos hicimos muy amigas y eventualmente llegamos a ser roomies. Fue entonces que descubrí que era una cocinera excepcional. Recuerdo que siempre tenía una olla de yogurt en el refrigerador, hecho por ella, claro. Con el yogurt, Suzan hacía cualquier cantidad de salsas, aderezos, platillos y hasta bebidas. A mí me resultaba sorprendente que partir del yogurt, ella pudiera cocinar tantas cosas. Lo mismo preparaba deliciosos kebaps que adictivos dolmas, lahmakun o böreks; recuerdo, en particular, una sopa de arroz llamada yayla çorbasi. Durante los helados días del invierno, yo le rogaba que la cocinara, porque a mí me resultaba especialmente reconfortante comerla. Suzan la preparaba con una mezcla de arroz pequeño y redondo, un caldo de yogurt especiado, hojas de menta, copos de ají y un poco de aceite de olivo. La servía muy caliente, acompañada con pan.
Suzan y yo teníamos una amiga africana llamada Sarah. Sarah había nacido
en Kampala y sí, también era una gran cocinera. De ella recuerdo que preparaba
exquisitas naans de ajo, de queso o naturales, bañadas con ghee; además hacía
un arroz condimentado con masala (del cual yo era adicta), y té de jengibre con leche y miel, entre otras
delicias.
En cierta ocasión, yo fui a la ciudad de México a pasar unos días, y de
regreso a Toronto, no sé por qué se me ocurrió llevar un kilo de masa de maíz y
una máquina para hacer tortillas, la masa de hecho la llevé en mi bolsa de
mano; y digo que no sé por qué se me ocurrió, porque bien mirada, la idea era
algo descabellada. La cosa es que una vez de vuelta en Canadá, invité a Suzan y
a Sarah a comer. Compré queso, carne molida para hacer picadillo, carne de
pollo para hacer un poco de tinga, y jitomates para una buena salsa. Cuando se
sentaron a la mesa, comencé a poner sobre sus platos las quesadillas recién
salidas del comal. Desde luego, yo misma amasé la masa e hice las tortillas en
la máquina. Ellas, en principio, miraron el platillo con cierta desconfianza y
al final, terminaron devorando yo no sé cuántas quesadillas cada quien.
Salieron rebotando.
Fue la única vez que cociné para ellas, pero recuerdo que me sentí muy
satisfecha con mi modesto éxito culinario.
Cuando dejé Canadá, dejé también mi máquina de hacer tortillas. Supongo
que se perdió en el olvido. Una máquina de hacer tortillas es un maravilloso
artefacto que esconde su magia frente a los extraños.
csr


Estoy encantado de haber conocido un poquito de ti, siempre he creído que eres una personita llena de cosas interesantes por contar y éstas son prueba de ello.
ResponderBorrarTambién me fascinó tanto el diseño de este espacio; la tipografía, el color, las fotos; son justamente como veo tu personalidad. <3 Me quedo ansioso por saber qué ha pasado después de estos episodios...
Muchas gracias por tu comentario y por tu tiempo. Ya te estaré invitando a mis futuras entregas!! :)
ResponderBorrarMe atrapaste en tu maravillosa experiencia. Gracias a la vida que hay mucho que aprender de ti.
ResponderBorrarAhora tengo un enorme antojo de todos esos deliciosos platillos 😋😍
Ay, yo también tengo antojo!!, especialmente de sopa de arroz con yogurt :)
Borrarun placer leerte mi querdisima amiga
ResponderBorrarUn honor que hayas pasado por aquí, poeta. Un abrazo!
BorrarMe encantan tus historias de viaje Claus, descubro muchas cosas nuevas de ti, como este guiso de la tinga, que no lo imaginaba dentro de tu repertorio, y se me antojó. Solo pasaba por aquí, y me llevo ese olor de las tortilla recién hechas y la combinación de los ingredientes de ese platillo mexicano que bien hizo el quite ante tanto embate culinario internacional: medalla de oro.
ResponderBorrarYo creo que las tortillas recién hechas merecen una medalla de oro interplanetaria :) Como siempre, todo mi agradecimiento por tus lecturas!!!
BorrarWow qué increíble anécdota, juntar tres mundos por medio de comidas tan diferentes. Que bonito que escribas sobre estas cosas, son un respiro de aire puro entre tantas malas noticias y chismes y reacciones a chismes... Me pregunto ¿Dónde andará esa máquina de tortillas? es que, es muy curioso porque yo compré una hace poco, y hace poco la usé por primera vez, con masa blanca que traje de Yautepec, Morelos, y el sabor en efecto es de otro planeta como dices!!
ResponderBorrarEn Morelos tienen masa de primerísima calidad, cuando vivía en Cuernavaca me encantaba ir al mercado Matamoros a comprar productos de maíz, ¡qué delicia!
BorrarYo tambien he llevado algunas veces el paquete de harina de maiz a mi pais. Pero dentro de mi maleta, siempre salia la harina. Por que? Es que habia huella de haber acribillado como de barrena. Es que dentro de la harina de maiz no puede averiguar con el rayo X. Quiere decir que se puede llevar la droga dentro de la harina. Por eso la aduana o algo asi, se streve a acribillarlo, creo. Como ves?
ResponderBorrarSupongo que habrán pensado que la harina tenía que ver con drogas. Yo llevé la masa ya hecha, como la que venden en las tortillerías, así que no tuve ningún problema con eso. Pero ya fue hace mucho tiempo, hoy no sé si podría pasar por la aduana. ¡Saludos!
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