Cosas de la madrugada

Como lo he comentado con algunos amigos, abrí este blog porque las redes sociales dejaron de atraerme –al menos por el momento; de hecho, sólo tengo una página de Facebook muy abandonada y una cuenta de Twitter que casi no abro. Sé que los blogs son un medio arcaico, pero aún queda gente despistada por ahí (como yo), que los sigue escribiendo, y es que hay temas que sólo pueden ser tratados en un blog, por ejemplo éste, del que ahora voy a hablarte: recuerdo que hace tiempo, a muy altas horas de la noche, bajé de un taxi justo frente a la unidad habitacional donde vivo y eché a caminar en medio del frío rumbo a mi edificio. Llevaba unos zapatos de tacón muy altos, así que me costaba trabajo apresurar el paso. Por fortuna, había luna llena, eso le daba cierta claridad a las jardineras y a los toldos de los coches aparcados en los estacionamientos. Todo estaba en silencio. De madrugada, las ciudades sacan su lado más fantasma a tomar el aire. Metí la mano en mi bolso y busqué a tientas la cajita de chicles, como no pude encontrarla, me detuve bajo una farola para mirar mejor y justo en ese momento advertí una pequeña sombra escondiéndose nerviosa tras unos arbustos. Me quedé quieta y agucé el oído. Escuché ruidos cada vez más insistentes pero no pude ver nada, así que comencé a acercarme en completo sigilo y entonces lo descubrí. Era un gato con una bolsa de papas Sabritas metida en la cabeza. Tenía el cuerpecillo blanco con manchas oscuras aquí y allá. Se echaba de ver que no tenía dueño y sólo comía cuando la suerte se ponía de su lado. En su desesperación, el felino, lejos de liberarse de aquella inesperada trampa de polipropileno, se asfixiaba más a cada esfuerzo. Me acerqué a auxiliarlo pero el ruido de mis pasos lo atemorizó; en su intento por escapar de mí se estrelló contra la pared de un departamento. La bolsa de papas se inflaba y se desinflaba como un corazón dorado bajo la luna. Aproveché su confusión para arrancársela de un zarpazo. Sus ojos azules resplandecieron bajo los rayos lunares. Apenas tuve tiempo de ver su carita sucia, porque el gato, ni bien se vio a salvo huyó de mí, de la noche, de la bolsa de papas y de los edificios. 

Desde entonces, me da por pensar en las trampas que al principio parecen un objeto inocuo, y en todas las veces que yo he sido ese gatito callejero a la deriva de las noches de luna. 

Qué suerte que exista la buena suerte, aunque a veces nos dé por huir de ella.

Comentarios

  1. Qué tremenda imagen, mi Claudia, la desproporción de la bolsa de papas vs. el cuerpecillo atolondrado, la angustia en latidos de polipropileno, un corazón dorado bajo la luna, ojos despavoridos, tu zarpazo de la suerte en tacones. Y gran cierre 👌🏼

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  2. Se me hace una broma macabra para un gato el haber caído en una trampa, los veo tan inteligentes y hábiles que, seguro, son los inventores de ellas. Quizá por eso o por su naturaleza hedónica y gatuna, es que se haya ido con desdén luego que lo liberaste. Se me antojó ser un gato y ser rescatado por una mujer en tacones en una de estas madrugadas.

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