Dime con quién andas
Elisa Díaz Castelo Dime con quién andas Luis tenía la costumbre de llegar tarde a todos lados. Había causas de sobra: la lluvia en el periférico, las manifestaciones, el pesero descompuesto, las llaves perdidas. Leonor, su novia, ya se había resignado a ese rasgo infeliz. Cuando Luis le habló, con el mismo tono de sorpresa e incredulidad que usaba siempre que se le hacía tarde, así, pasivamente, y le dijo que llegaría al cine unos minutos después de lo calculado, Leonor prescindió de cualquier signo de enojo. —Está bien —dijo—, te espero adentro. Los minutos tarde, como suelen hacerlo, se convirtieron en media hora y cuando Luis entró a la sala ya estaban apagadas las luces. Una experiencia cercana a la ceguera lo invadió. Sus ojos, acostumbrados a la resolana de la tarde, parecían haberse echado a perder en la rotunda oscuridad. Intentó guiarse por la luz de su celular, pero descubrió que se le había acabado la pila. No hay peor ciego, dicen, que el que no quiere ver, pero...



